A sacarles brillo

Se apagó la llama olímpica de Buenos Aires 2018 pero el legado de un futuro sin techo para el Beach Handball nacional está más encendido que nunca.

“Al final está re bueno este juego, profe, ¿dónde se entrena?”, escuché preguntar a varios alumnos en las tribunas de Parque Sarmiento. Una crítica más que una duda, depende del ojo de quién lo mire, que es difícil de contestar pero cuyo silencio acredita aún más al trabajo de los jugadores y cuerpos técnicos.

Ese podio, y tantos otros que logró Argentina en esta modalidad, significa meritocracia pura para unos planteles que se desarrollaron a la sombra del indoor. Ahora, el fly y el giro en el aire los enamoró a todos, un amor sin edad que, si se aprovecha a largo plazo, puede convertirse en algo más que un crush pasajero.

Nuestros representantes de la arena hace años que se hicieron notar a nivel internacional, hasta convertirse en el cuco de potencias europeas. Sin embargo, en Argentina la historia es otra. No por nada las chicas son Kamikazes, cuyos finales, párrafo aparte, son mucho más felices que los históricos kamikazes originales. Más allá de lo pintoresco que pueda resultar, hay un detrás que las supo identificar bajo ese nombre: la locura de entrenar sin los recursos correspondientes o el dejarlo todo por una causa común, por la que había que luchar el doble para conseguir resultados positivos. Sería interesante que el apodo, en las próximas camadas, signifique únicamente los valores iniciales que acarrearon el auge del beach, y no continúe como un reflejo de las dificultades que conlleva competir en un deporte solapado.

Los Juegos Olímpicos le dieron a la disciplina más que podios, que si bien antes no eran de este calibre no son los primeros albicelestes (Juegos Odesur Playa, Panamericanos, Mundiales y hasta World Games). La visibilidad de la televisión, la masividad de la competencia deportiva más importante del mundo, el entusiasmo de quien es anfitrión y el esfuerzo dirigencial; en fin, todas las cartas están sobre la mesa para apostar, de una vez por todas y en vistas al futuro, en nuestros deportistas playeros. La proeza será que exista un plan que no quede encandilado por el brillo momentáneo de la medalla y siga vigente cuando el furor de los anillos se diluya.

Mantener el boom y optimizar los resultados es la tarea para la dirigencia. Que las de oro y bronce hayan sido más que un mimo al exitismo y orgullo argento, que tan cegador e injusto es con tantas otras disciplinas amateurs que están lejos de alzarse en lo alto de un podio. Que las hazañas de los campeones trasciendan finalmente, con todo lo que significan, y resuenen en el handball nacional. Hay presente, y futuro mucho más si las medallas no terminan siendo mera decoración.

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